«Y creó Dios al hombre (Adán) a su imagen, a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó», han surgido interpretaciones de diferentes rabinos a lo largo de la historia que plantean que, o bien Adán fue creado inicialmente como un andrógino –que poseía un cuerpo femenino y uno masculino unidos por la espalda–, o, como recoge repetidas veces en su obra el mitólogo inglés Robert Graves, hubo otra mujer antes que Eva, la rebelde y lujuriosa Lilith, que finalmente abandonó el paraíso.
«Dios formó a Lilith del mismo modo que había formado a Adán, aunque utilizó inmundicia y sedimento en lugar de polvo puro». La inmundicia habría convertido a esta criatura en un demonio del que, a su vez, nacieron otras criaturas malignas que «todavía atormentan a la humanidad».
En este sentido, existe otra interpretación que presenta a Lilith como una criatura igual a Adán, hecha de polvo puro, que se rebela contra los designios divinos y muestra un marcado carácter. En el Alfabeto de Ben Sira (escrito entre el siglo VIII y el XI), se narra cómo Lilith se resistió a yacer por debajo de Adán: «¿Por qué he de yacer debajo de ti? Yo también fui hecha con polvo y por tanto, soy tu igual», afirmó Lilith, que, al ser forzada por Adán a obedecerle, pronunció el nombre de Dios en vano y decidió abandonar el Edén con dirección al Mar Rojo.
La presencia del nombre de Lilith en la Biblia se limita a una única mención. Aparece en Isaías34:14: «Los gatos salvajes se juntarán con hienas y un sátiro llamará al otro; también allí reposará Lilith y en él encontrará descanso», lo cual fue traducido en la Vulgata como Lamia, su versión medieval. No obstante, resulta imposible saber con certeza si para el autor del texto era un nombre propio –la célebre criatura del folklore judío– o simplemente se trata de una bestia salvaje o de una rapaz nocturna.
En el Talmud babilónico, Lilith es descrita como un espíritu oscuro con un incontrolable y peligroso apetito sexual. Se dice es la madre de cientos de demonios producto de haberse fertilizado a sí misma con esperma de hombre. Hititas, egipcios, griegos, y romanos la conocían igualmente. En tiempos posteriores, migró al norte de Europa, donde fue relacionada con el caos, la sexualidad y la magia. Su leyenda también se mezcla con las primeras historias sobre vampiros.
Hoy en día, Lilith se ha convertido en un símbolo de libertad para muchos grupos feministas y religiones neopaganas como la Wicca. La «demonia» tiene apetitos sexuales, se va a la cama con quien le place y nadie la posee. Personifica el goce de la sexualidad sin animo de procreación —otra de las de las prohibiciones habituales en contra de las mujeres en casi todas las culturas—. No es tierna, no es dependiente, no busca el amor sino el sexo. Por ello puede enloquecer a los hombres como una «femme-fatale».

En su verdadero origen, Lilith es el espíritu del viento, representa a una doncella alada de gran belleza, cuya función era conducir a los hombres al templo de Ishtar para celebrar los ritos sexuales con las sacerdotisas vírgenes. La llegada del patriarcado puso fin estos ritos paganos celebrados en el templo de la Diosa, eliminando así la fuente principal del poder femenino, al considerarlos como algo digno de ser temido por su influencia sobre los hombres, y que por lo tanto debía mantenerse bajo control. De ese modo, la sexualidad femenina se convirtió en algo diabólico. Lilith, de un espíritu del viento libertario pasó a ser un demonio alado. Pero sus alas son uno de sus atributos más importantes, gracias a ellas jamás puede ser atrapada. Personifica ese aspecto de lo femenino que no puede ser sometido por nada ni por nadie, porque es libre, y esto es algo que queda reflejado en todos los mitos en los que aparece.

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